En la misma órbita

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(cuento infantil)

Érase una vez una niña llamada María que quería llegar a la luna pero sabía que sus padres no la dejarían. Los mayores siempre piensan que las niñas no deben viajar solas tan lejos.

Como era muy lista, ella solita se construyó un cohete pequeñito con pedazos de cosas que encontró en la basura. La nave, aunque hecha de remiendos de metal viejo, lucía sólida y fuerte.

La noche de San Juan estaban todos en la verbena tirando petardos. María se sentía sola entre tantos invitados. El estruendo incesante de los petardos la asustaba. Ahora nadie me echará de menos, pensó. Se puso su traje de astronauta, se introdujo en su nave y encendió motores.

Sus padres vieron como un gran petardo salía disparado hacia la luna. Nunca imaginaron que era su hija y aplaudieron ilusionados al contemplar la hermosa luz de la cola del cohete de María.

El espacio era mucho más hermoso de lo que jamás hubiera imaginado. Cientos de estrellas y planetas flotaban al son de una silenciosa sinfonía y ella parecía ser la única espectadora. Ya no se sentía sola.

En realidad la luna no estaba tan, tan lejos. Al cabo de unas horas, la nave de María aterrizó en el mar de la tranquilidad, uno de los cráteres lunares más hermosos.

Al pisar el frío suelo lunar, los ojos de María se llenaron de lágrimas. Tras plantar su bandera pirata y tomar algunas fotografías, percibió que algo se movía a través de su objetivo. Se inquietó un poco. No esperaba encontrarse con otras formas de vida.

De pronto, un curioso niño vestido con un mono plateado apareció ante sus ojos; tenía un semblante dulce y amigable; sin pelo, la frente grande y despejada, la piel casi translúcida,  y los ojos negros, brillantes como el ónice.

María se acercó a él dando saltitos. Flotaba por la gravedad cero. Moverse con aquel traje de astronauta, aunque era divertido, no resultaba nada fácil.

Logró tender su mano hacia el niño quien encandilado por la bonita sonrisa de María,  agarró su mano de inmediato.

–Me llamo Oni, y tú, ¿cómo te llamas? –preguntó por transmisión telepática el muchachito.

–Soy María, del planeta tierra.

En pocos segundos María notó que aquellos ojos oscuros se le habían quedado clavados en el corazón para siempre.

En realidad, ambos se dieron cuenta de que una especie de hilo invisible les unía con mucha fuerza.

Charlaron un buen rato y se hicieron amigos.

–Sabes –explicó la niña– en la tierra me siento un poco sola y eso que casi siempre estoy rodeada de gente.

–¿Qué es sentirse sola? –preguntó Oni con curiosidad.

María no podía creer que aquel niño que vivía solo en medio del espacio no supiera lo que era la soledad.

–¿Te gustaría viajar conmigo? –preguntó sonriente María.

Oni no se lo pensó ni dos segundos. Como cuando dos estrellas se funden en una, habían entrado el uno en la órbita del otro. Además, después de conocerla ya no se imaginaba a si mismo viviendo en la luna.

De hecho, ahora entendía perfectamente lo que era la soledad; solo tenía que imaginar su vida sin ella, y sentir ese extraño vacío.

María y Oni dieron un par de vueltas siderales antes de trazar un rumbo fijo. Querían conocerse y conocer un poco más las estrellas antes de volar hacia Venus.

                                                                                               (Susu, Barcelona 2018)

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