La chica de los zapatos grandes (cuento)

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La chica de los zapatos grandes en realidad prefería ser invisible. Calzaba grande porque tenía los arcos de los pies demasiado pronunciados y eso la hacía sentir inestable. Por eso lucía esas viejas botas grandes allá dónde fuera. Tanto de día como de noche, en invierno, verano, o primavera.

La chica de los zapatos grandes siempre sacaba bienes y notables pero nunca alcanzaba el sobresaliente y por eso pensó que era tan mediocre como sus botas viejas.

Tampoco se atrevía a hablar demasiado. Preferiría mirar el mundo a través de su ventana. Temía que si hablaba nadie la comprendiera. Y sólo de vez en cuando se soltaba con la gente más inverosímil; un flautista callejero, un pintor viejo, un arlequín, un trotamundos. Ellos sí parecían escucharla con cierto interés. Entonces hablaba como si no existiera un mañana y conseguía relajar tanto a sus interlocutores que todos se quedaban dormidos escuchándola.

La chica de los zapatos grandes tenía voz de niña eterna. Para ella la armonía lo era todo. Por eso adoraba la música y preferiría vivir sin hacer demasiado ruido. De hecho no soportaba el ruido. Sobre todo esos ruidos que se colaban por su querida ventana; las trifulcas de sus vecinos, los aires acondicionados, las secadoras, el claxon de los coches. Para olvidarse de todo eso se pasaba las tardes tocando su guitarra.

Un día decidió arriesgarse y abrirse al mundo y se enamoró de un hombre petardo. Lo conoció en una clase de teatro. Era muy hermoso y cuándo explotaba el cielo se llenaba de colores.
Y ella con sus botas viejas y su ropa oscura, a menudo vestía de negro porque se sentía más segura, siguió a su amado hasta la India.
Tan enamorada estaba que incluso se vistió de blanco y se calzó otros zapatos para resultar más atractiva.

Pero una noche de luna llena el hombre petardo le dijo que era demasiado seria, incluso un poco aburrida y que necesitaba explotar en otros cielos.
La chica de los zapatos grandes se pasó la noche en la terraza rodeada de gatos y cantando la misma canción.

Una y otra vez sonaron los mismos acordes: Re menor, La menor, Fa. Así una y mil veces.

Y nació la cantautora.  
No derramó una sola lágrima. La guitarra lloró por ella.

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